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Golpes mediáticos

  • Foto del escritor: @javoesquivel
    @javoesquivel
  • hace 3 días
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 3 horas


En política hay una actividad que nunca aparecerá en los manuales de organización  de los partidos políticos, pero que cada vez ocupa más recursos de las nominas secretas: la industria de la destrucción de reputación.


Hoy parece haber más equipos especializados en encontrar el punto débil del adversario que profesionales dedicados a construir confianza, comunicar propuestas y convencer con soluciones.


Y la diferencia no es menor: Construir una reputación puede tomar años de trabajo político mientras que destruirla puede tomar una tarde:


Un video fuera de contexto, una acusación sin pruebas un documento jurídico filtrado, una fotografía comprometedora, un audio anónimo, un rumor convertido en tendencia, una cuenta que aparece de la nada y dispara una narrativa.


La fórmula es sencilla y brutal: no necesitas demostrar que tu adversario es culpable; necesitas conseguir que suficientes personas comiencen a sospechar que podría serlo.


En la política la sospecha digital, una declaración mediática garrafal viaja más rápido que la evidencia.


Y en México ya vivimos desde hace mucho tiempo dentro de ese ecosistema donde la buena fama pública es un bien escaso.


Los datos más recientes  muestran la dimensión  de ese ecosistema. En 2025, 104.9 millones de personas utilizamos internet, 86.1% de la población. No estamos hablando, entonces, de una conversación marginal. Estamos hablando de una plaza pública de millones de personas.


La política ya no sucede únicamente frente a un noticiero de radio, en la primera plana de un periódico o durante un debate televisivo . Ocurre en el teléfono, en el grupo familiar, en el chat de amigos, en la pantalla del trabajo y, sobre todo, en el algoritmo.


La guerra mediática ya no termina cuando se apagan las cámaras o cuando has leído todas las columnas de opinión. El teléfono mantiene encendidas las pantallas del conflicto las 24 horas.


Y hay otra transformación que los estrategas no pueden ignorar: en 2025,  cerca del  80 % de los mexicanos de utiliza el teléfono celular para buscar información. La guerra sucia está, literalmente, en el mano de ocho de cada diez personas. Eso ha convertido la reputación en un territorio permanentemente vulnerable.


Gobiernos, partidos, candidatos, legisladores, instituciones electorales y funcionarios pueden convertirse en objetivos de una operación de desgaste con una velocidad que hace apenas unos años habría parecido imposible.

La reputación dejó de ser un patrimonio estable. Ahora es un frente de batalla abierto las 24 horas.

Imagen generada con IA
Imagen generada con IA

El cuarto de guerra como fábrica de indignación

Los ataques suelen tener dos orígenes:


Por un lado, los equipos de quienes encabezan las preferencias electorales pueden utilizarlos para intentar frenar a un perseguidor antes de que se convierta en una amenaza real.


Por otro, quienes marchan detrás pueden intentar sacar a la agenda pública asuntos que, sin la lógica electoral, probablemente jamás habrían ocupado espacio mediático.


Los dos caminos conducen al mismo objetivo: hacer que el adversario deje de hablar de sus temas estratégicos y empiece a  defenderse .


Es una operación extraordinariamente eficaz. Porque cuando un personaje político deja de explicar su proyecto para dedicarse a desmentir acusaciones, ya está jugando en la cancha que diseñó su adversario.


Y mientras responde, deja de proponer. Mientras se defiende, deja de persuadir. Mientras intenta apagar un incendio, alguien más decide dónde encender el siguiente.

La acciones estratégicas del contraste negativo obligan al equipo atacado a cambiar prioridades, movilizar recursos, revisar información, construir respuestas, preparar voceros y diseñar una defensa  de reputación.


Y, eso ocurre precisamente cuando los equipos deberían estar concentrados en explicar soluciones, atender necesidades urgentes, defender resultados y construir una oferta política capaz de convencer.


El adversario no necesita derrotarte inmediatamente antes del proceso electoral si consigue convertir tu agenda de gobierno o política en una fábrica de crisis.

La mentira no necesita convencer; necesita circular

Hay una mutación todavía más peligrosa. La mentira reputación ya no necesita ser creída por todos.Le basta con ser compartida por suficientes personas y ese es uno de los grandes cambios de la política contemporánea.


Antes, una información falsa necesitaba encontrar un medio que la publicara y una audiencia masiva que la consumiera. Ahora puede nacer en una cuenta anónima, saltar a un grupo de WhatsApp, convertirse en video, ser retomada por influencers, llegar a X, Facebook, TikTok o YouTube y regresar convertida en “tema de conversación”.


La falsedad ya no necesita una  mesa de redacción de un diario nacional se puede fabricar y colocar desde una pantalla digital que cabe en una mano. La velocidad es parte del problema. La evidencia llega después, la aclaración llega después, la autoridad electoral  o judicial llega después. El desmentido llega después, pero la indignación ya ocurrió.


En política, llegar tarde con la verdad puede significar llegar después de que la mentira ya hizo su trabajo.


Cuando el ataque se convierte en boomerang


El mensaje que puede quedar en el ciudadano es devastador:


“Si todos mienten, nadie merece confianza.”

“Si todos atacan, todos son iguales.”

“Si todo está arreglado, ¿para qué participar?”


Ese es el verdadero peligro.

Porque una campaña negativa contra la reputación de una figura pública puede tener como objetivo inicial a un aspirante, pero terminar disparándole a la política completa.

Y cuando la ciudadanía deja de confiar en las personas de la política, el daño potencial puede extenderse hacia los partidos, las instituciones y a las reglas del juego.


La guerra sucia no siempre mata al enemigo. A veces incendia el campo de batalla.


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