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Legisladores y voceros estridentes, los más rechazados

Foto del escritor: Javier Esquivel
Javier Esquivel
hace 17 horas
3 min de lectura

El tribunal de las redes sociales y el espectáculo mediático han instalado un mito peligroso en la política contemporánea: Gritar e insultar equivale a representar y que la provocación al contrincante es síntoma de liderazgo.


Sin embargo, la evidencia demoscópica y la dinámica parlamentaria revelan una realidad distinta. Las y los legisladores u actores políticos que optan por una postura estridente, vociferante y disruptiva suelen ser quienes arrastran los peores saldos de opinión ciudadana.


A pesar de que resultan altamente rentables para el morbo de las cámaras, su capital político real se traduce en un profundo rechazo popular.


" La estridencia legislativa es un espectáculo con boleto de caducidad: compra y acapara la atención de un instante, pero diluye la legitimidad de toda una carrera."

La evidencia demoscópica del rechazo

La brecha entre la notoriedad y la empatía queda al descubierto cuando se analizan los datos de opinión pública. Las métricas reflejan de manera constante que las figuras públicas caracterizadas por discursos bélicos y perfiles mediáticos de choque concentran los porcentajes más altos de percepción negativa ("Mala/Muy mala").


Perfiles con retóricas altamente incisivas o perfiles de choque como Lilly Téllez (PAN) o Kenia López Rabadán (PAN) registran índices de rechazo del 52%. Situación similar atraviesan figuras de la confrontación mediática o partidista como Alejandro "Alito" Moreno (PRI) con un 67% de opinión negativa, o Gerardo Fernandez con un alto indice de rechazo.


En contraste, los liderazgos que evitan la estridencia constante o enfocan su perfil en agendas institucionales y de gestión logran mantener saldos de opinión considerablemente más positivos. Figuras como Jorge Álvarez Máynez de Movimiento Ciudadano (57% de opinión buena/muy buena frente a un 22% de mala/muy mala) o Luisa María Alcalde de Morena (52% favorable contra un 25% desfavorable) demuestran que el respaldo público no se construye a fuerza de gritos, sino de la percepción de propuesta, moderación o trabajo político estructurado.


Mínima eficacia, máxima teatralidad

El desempeño técnico de estos perfiles suele ser inversamente proporcional a los insultos que emiten en tribuna. La labor legislativa sustantiva requiere técnica jurídica, capacidad de negociación y construcción de acuerdos.


Quienes basan su carrera en el escándalo rara vez destacan en la aprobación de iniciativas estructurales; su participación suele limitarse a las descalificaciones y la interrupción en comisiones.


Asimismo, estos perfiles enfrentan un abandono crónico de sus distritos electorales. Al concentrar su agenda en las tendencias de redes sociales, descuidan el trabajo territorial y la atención directa a las demandas locales de la ciudadanía a la que representan.


" Quien utiliza el Congreso de la Unión como un circo suele olvidar que la ciudadanía exige leyes y soluciones, no piruetas verbales."

Dentro de las cúpulas de los partidos, estas figuras desempeñan una función instrumental ya que actúan como voceros todo terreno. Se les envía a la primera línea del debate mediático para desgastar oponentes, dinamitar reputaciones ajenas y absorber el costo político del conflicto.


Son piezas desechables en la guerra de la comunicación negativa hoy ninguno de ellos particpará para ir a las boletas electorales. Su capacidad para fomentar un debate de ideas constructivo es casi nula.


En el proceso de destruir a otros, terminan consumiendo su propia viabilidad política y cerrando las puertas a convertirse en liderazgos de Estado respetados.


Hoy, difícilmente ellas y ellos ganarían una elección. Todos ellos son representantes plurinominales.

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